Los psicofármacos serán la clave para aliviar rápidamente los síntomas que alteran el bienestar psíquico de las personas, regulando las oscilaciones del humor y los trastornos de espectro afectivo sin buscar la significación de sus alteraciones. Estos remedios tienen la capacidad de producir la realidad, modificando y transformado nuestra subjetividad mediante la química. El control de la subjetividad, convertido en negocio, es en la nueva economía objeto de gestión estatal e industrial. Si en la sociedad disciplinar, descrita por Foucault, el sujeto era dominado arquitectónicamente, en la nuestra ese control se interioriza, el poder actúa a través de la molécula. El capitalismo postindustrial apunta hacia el control de la subjetividad, un gobierno biomolecular que se ejerce mediante el fármaco. La sociedad actual está habitada por subjectividades que se definen por la sustancia (o sustancias) que dominan sus metabolismos (3).

En su vertiente simbólica el medicamento es objeto de una demanda (demando ese objeto porque suple una carencia o lo demando porque me priva de algo). El objeto reclamado, el remedio, nos satisface cuando lo deglutimos, lo devoramos, nos lo inyectamos o lo poseemos. En su prescripción resuena el poder inductivo de las palabras, las que se pronuncian, las que se silencian. La existencia de dos modos de designación del fármaco, el del compuesto químico y del apelativo comercial, atiende a dos modos distintos de eficacia. El uno opera en el nivel de la fantasía que produce en el consumidor y el otro en el de la realidad orgánica. Al medicamento se lo ubica, además, por lo que cada cual espera de él, de conformidad con nuestro imaginario: el medicamento que me calma, el que me excluye, el que hace fracasar una cita, el que me sostiene. Ocurre, también, que entre los efectos que un fármaco puede producir se deriva la relación de apego que el sujeto puede establecer con ellos. Del mismo modo que las drogas, el fármaco permite ir más allá de los límites impuestos por la lógica de la razón, los sentidos, la resistencia del cuerpo, el desgaste y el envejecimiento físico. Estas promesas de recuperación de lo perdido devuelven al sujeto la ilusión de su unidad. El medicamento es un artefacto que supera a la sustancia.

Las dimensiones simbólica e imaginaria del fármaco se ponen en juego al elaborar la maqueta de una metrópolis a partir del residuo del remedio, remanente erigido en endoesqueleto trastorno. Las tabletas vacías constituyen el material de construcción de unas edificaciones que se alzan mediante el recurso del ensamblado, encajadas unas a otras, constituyendo por acoplamiento las estructuras que vendrán a conformar la ciudad, y por extensión el armazón de la psique de aquellos que las consumen.

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(1) Movimiento puesto en marcha por Sackett, D. L., Evidence Based Medicine: How to Practice and Teach EBM, Edimburgo, Churchill Livingstone, 1997
(2) Richard P. Bentall desmonta la suficiencia de los análisis clínicos de la psicofarmacología en Medicalizar la mente. ¿Sirven de algo los tratamientos psiquiátricos?, Barcelona, Herder, 2011
(3) Beatriz Preciado, Testo Yonqui, Madrid, Espasa-Calpe, 2008, pp. 32-33.