El descubrimiento del primer antipsicótico, la Clorpromacina, abrió el camino a una serie de cambios en el tratamiento de las enfermedades mentales. Desde 1950, los psicotrópicos modificaron el paisaje de la locura: vaciaron los asilos y sustituyeron la camisa de fuerza y los tratamientos de shock por la envoltura medicamentosa. Los psicofármacos serán la clave para aliviar rápidamente los síntomas que alteran el bienestar psíquico de las personas, regulando las oscilaciones del humor y los trastornos de espectro afectivo sin buscar la significación de sus alteraciones.

En esta producción están implícitas las teorías de Beatriz Colomina, que apuntan a la influencia de los avances clínicos en el desarrollo de la arquitectura moderna. El conocimiento del cuerpo, su funcionamiento anatómico y psicológico, y la conciencia higienista conformarán espacio urbano y arquitectura. La modernidad, entendida habitualmente en términos de eficacia funcional o nuevas tecnologías de la construcción, estará, sin embargo, modelada por la obsesión médica de su tiempo. Si los discursos arquitectónicos han asociado desde sus inicios construcción y cuerpo, el cuerpo que describe este período es un cuerpo médico, reconstruido a partir de cada nueva teoría sobre la salud.

¿Pero qué suponen los medicamentos y que relación establecemos con ellos? La instalación de la ciencia a escala planetaria incluye a la práctica médica que concibe el cuerpo como un ente observable. Correlativamente, el fármaco es entendido como agente capaz de desencadenar reacciones previsibles; éste, sin embargo, tiene también una dimensión libidinal en relación con este otro cuerpo, este cuerpo alterado o enfermo, despertando en quien lo toma una serie de expectativas. Al medicamento se lo ubica por lo que cada cual espera de él, de conformidad con nuestro imaginario: el medicamento que me calma, el que me excluye, el que hace fracasar una cita, el que me sostiene. Del mismo modo que las drogas el fármaco permite ir más allá de los límites impuestos por la lógica de la razón, los sentidos, la resistencia del cuerpo, el desgaste y el envejecimiento físico.

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1. Su objetivo era recordar un discurso. La argumentación consistía en imaginar un edificio conocido o bien imaginado pero estructurado con precisión. En lugares concretos del recorrido por el mismo se ubicaban imágenes agentes, es decir, imágenes que recordasen lo que se quería decir. Daniel ARRASE, Histoires de peintures, Éditions Denoël, 2004.
2. Eric LAURENT, Ciudades Analíticas, Buenos Aires, Tres Haches, 2004.
3. Las prácticas de intoxicación voluntaria, con fines lúdicos, terapéuticos o mágicos, fueron en Europa potestad de las clases populares hasta que Iglesia y estados prohibieron la autoexperimentación criminalizando, persiguiendo y privatizando unos saberes que, tras la emergencia del capitalismo y las formas científicas de producción, se convertirán en patentes farmacológicas.