Un holotipo es el ejemplar de una especie (animal o vegetal) sobre el que se ha realizado la descripción de la misma. El espécimen se conserva en alguna institución, siglado y localizable. Mientras que el holotipo existe regula automáticamente la aplicación de un nombre y, se podría decir, de un orden del mundo. Pero los holotipos pueden desaparecer o bien ser revisados, perdiendo su estatus para designar el presente o el pasado. Cualquier clasificación de los organismos, vivos o extintos, puede ser errónea. Cuando un ejemplar de referencia deja de serlo con su defunción se pierde una designación y, por lo tanto, una interpretación del mundo. Una especie de la historia de la vida desaparece.

La taxonomía de la morfología de un organismo extinto requiere de la mirada; una mirada sistemática, como aquella de los teatros anatómicos. La episteme que clasifica e interpreta visualmente el mundo es inherente al nacimiento de la paleontología y, por extensión, de la historia natural. La visión determina el decir, el nombrar. El orden taxonómico (que nace con Linneo y sigue vigente) rechaza el lenguaje depositado anteriormente sobre la naturaleza. Las palabras, neutras, claras, de la ciencia definen inconfundiblemente. Las muestras se exponen unas junto a otras en espacios «transparentes» (colecciones, herbarios...), con sus superficies visibles, ordenadas según sus identidades. La descripción se hace de acuerdo a la observación; mediante el privilegio casi exclusivo de la vista. Líneas, formas, relieves, proporciones, disposición... parafraseando a Foucault, «la historial natural no es otra cosa que la denominación de lo visible».

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