En La nave de los locos, cuya existencia fue real para Foucault (3), Brant critica los vicios de la sociedad a partir de la denuncia de distintos tipos de necedad o estupidez. La insensatez, encarnada por los diversos tripulantes, no está vinculada a la pérdida de la razón sino a los excesos y la corrupción que alcanzan a cualquier estamento. Esta aproximación a la insania posibilita su desplazamiento del ámbito médico al social, la locura es contemplada con una conciencia que nos permite cuestionar las tropelías de la gobernanza, de aquí que en la barca de la bajada se representasen las figuras de la Iglesia, la monarquía, el ejército y la banca.

El canal que nos une pivota en torno a las tipologías de la diferencia desarrolladas en occidente, pobladas por el gitano, el judío, el pobre o, como en este caso, el loco. En nuestra cultural las imágenes de la otredad se fundamentaban (y fundamentan) en un sentido del control sobre el mundo que puede articularse como poder político, creencia religiosa, estatus social, gobierno moral, control sexual o dominación económica y/o geográfica. El loco puede ser anarquista, musulmán, estéril, mujer, pobre o latino. En su afán taxonómico el logos ilustrado considerará patológicas la disparidad sexual, el onanismo o el pensamiento de izquierdas. Entre los estereotipos de la sinrazón que configuraron algunas de las representaciones de la diferencia en que se basa la locura abordamos la disidencia política, la sexualidad no normativa y la diferencia étnica.

La percepción de la apariencia de la insania está determinada por un sentido histórico y cultural que tiene una continuidad. Los clichés aplicados a la locura se perpetúan. Las representaciones del loco como antítesis del control y la razón burgueses permanecen indemnes. Sólo cambian sus signos externos adaptando las formas de cada percepción histórica de la diferencia, pudiendo desaparecer, tal vez resucitarse, o ser centro de atención social en momentos particulares, de aquí que resulte oportuno revisar sus imágenes.

El exilio ritual de los locos, su puesta en circulación y su embarco nos proporcionaron una situación liminal, un espacio de paso en el que se diluyen las diferencias. El acto del descenso del canal permitió practicar el merodeo en un contexto con un paradigma interpretativo de las conductas humanas divergente.

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(1) El Canal Imperial fue un espacio para el ocio, como testimonian las verbenas veraniegas que tenían lugar en las antiguas playas de Torrero o los desplazamientos en góndolas hasta las arboledas y
cenadores. Con su descenso se rememora y reivindica el tiempo en el que las barcas navegaban por su corriente, reclamando su utilización para el recreo y su incorporación al anillo verde de la ciudad. La limpieza de las riberas fue la demanda inicial de un vecindario que, pasando a la acción directa, recogía en bolsas la basura acumulada en las orillas para depositarla a las puertas del edificio de la CHE.
El descenso empieza a realizarse en 1982, organizado entonces por la Asamblea Ecologista. Cuatro personas, una de ellas con neopreno y aletas y el resto en zodiac, llevan a cabo un acto de protesta para pedir la navegabilidad de esta vía hidráulica y llamar la atención sobre los trasvases y su secuela de pueblos inundados, las centrales nucleares como una alternativa energética o el abandono de los ríos y del propio canal. A partir de 1987, al disolverse la Asamblea Ecologista, la AVV Venecia asume el acto, extendiendo la participación a otros colectivos del barrio. Desde entonces, el evento se ha convertido en una cita en la que participan decenas de personas. Una vez al año el vecindario convierte el canal en una vía lúdica, su cauce se transforma simultáneamente en un escaparate para multitud de reivindicaciones. El evento es independiente, autogestionado y colectivo; el propio vecindario decide y organiza sus actos, rechazando cualquier intervención institucional o patrocinio.
(2). La moda de la época lleva a componer naves cuya tripulación se embarca para un viaje simbólico. La imagen de un grupo de locos viajando hacia Narragonia, entronca con tradiciones de literarias que vinculan locura y agua, como Ofelia o Lorelei. En el siglo XV esa formulación se vuelve también iconográfica siendo el libro de Brant ilustrado con grabados de Holbein o Durero. El Bosco realiza entonces su conocida representación sobre el motivo.
(3). De todos los barcos novelescos de la época, Foucault señala que el único que existió fue el Narrenschiff. Lo que lleva al historiador a especular sobre la posibilidad de que se tratase de naves de peregrinación que conducían a locos en busca de razón: «unos descendían los ríos de Renania, en dirección de Bélgica y de Gheel; otros remontaban el Rin hacia el Jura y Besançon» (1967: 23).hacia el Jura y Besançon» (1967: 23).