Garabandal forma parte de un modelo reiterado e imitativo, sucesos similares tienen lugar en diversas religiones. La creencia en lo sobrenatural es uno de los rasgos característicos de la religiosidad popular. Los acontecimientos tienen lugar en paralelo al Concilio de Vaticano II, probablemente como reacción a su carácter renovador que se traduce, entre otras cosas, en la promoción de una relación más sobria entre la divinidad y los creyentes; es decir, basada en un vínculo más intimista que carismático o visionario. El énfasis puesto por el franquismo en la difusión de la advocación de Fátima para fortalecer el catolicismo y combatir el comunismo es otro de los motivos, así como la causa de que estas epifanías retomen y emulen parcialmente su dramaturgia y mensajes.

Este rincón de Cantabria era significativamente más conservador y más beato que el resto del Estado. Mucho antes de las apariciones la gente era conocida por su afición al ceremonial y por su unanimidad religiosa. En una aldea cuyos habitantes se vanagloriaban de ser la población más religiosa del Estado, no es extraño que las apariciones superasen el umbral de la incredulidad y contasen con el apoyo de las autoridades. Al carecer de una carretera que lo uniese a la vía principal del valle San Sebastián de Garabandal era en el año 1961, fecha de las primeras apariciones, una localidad de difícil acceso. Lo recóndito del lugar y las características de las videntes dotaban para los creyentes de credibilidad a los hechos. Resultaba inimaginable que unas simples ovejeras pudiesen fabular una dramaturgia y unos mensajes tan complejos. La temprana difusión en prensa, el impulso de seminaristas, párrocos y seglares, con un estatus cultural y social elevado, o la abundancia de fotografías y filmes ―estos últimos paradigmáticos del uso del cine amateur en el ámbito visionario― explican el alcance extraterritorial de las visiones.

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